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El abuelo no era un hombre convencional: era más bien serio y estricto. Dicen que siempre fue un hombre de carácter, que a sus veinte años ya andaba en caballo armando con pistola, recorriendo los caminos del norte del México post revolucionario. Le decían "ingeniero", y cuentan que imponía su presencia al lugar que llegara, y arrancaba las miradas de todas las muchachas. Un día, en una fiesta una muñeca rubia y de ojos verdes llamada Graciela levantó su mirada cuando el ingeniero la sacó a bailar. Quién iba a decir que después de ese vals sus destinos se entrelazarían para formar un matrimonio de más de sesenta años. Tuvieron cinco hijos, todos hombres y mujeres de bien. Y con el tiempo se llenaron de nietos y bisnietos, a quienes recibían por las tardes en el porche de su casa de Saltillo. Con el tiempo, el abuelo se convirtió en el "patriarca del barrio", y todos pasaban y lo saludaban cuando al caer el sol se adueñaba de la mecedora. Eso sí, al tocar las 6 de la tarde, se levantaba para la tradicional merienda. Nunca faltaron los polvorones y las campechanas, que por lejos eran sus piezas favoritas. A pesar de los años el abuelo gozaba de excelente salud. Con vista envidiable todos los días leía sentadito en su sillón "El Vanguardia", y se enteraba de las rachas de sus "Papis" como llamaba a los Saraperos, el equipo local de béisbol. Eso sí, su único achaque fue el ir perdiendo poco a poco el oído, aunque con el tiempo eso le dio un semblante dulce: siempre dibujaba sonrisas en su cara al no escuchar lo que los demás platicaban, parecía que disfrutaba el sólo hecho de tenernos ahí viendo a los "Papis" o tomando una nieve.
El sábado pasado el abuelo almorzó, y de postre se comió otro trozo de polvorón. Se sentó en su sillón para leer "El Vanguardia". Dejo de lado el periódico, y cerró sus ojitos. Ya nunca los abrió. Se fue tranquilo, a gozar de la paz con el Señor.
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